sandalias negras
Ya no es la reina. Aquéllos tacones verdes casi pistacho (¿o rosas? ¿o naranjas?) han perdido su trono en favor de otras sandalias más altas, de piel negra y con pulsera. Tan altas que le costaba mantener el equilibrio en los pocos minutos que pudo pasar de pie.
Y qué decir de su compañera, la chica morenita que le dio de beber aquel cóctel de fluidos directamente de su boca, después de haber cedido por un buen rato su encharcada caverna al vaivén del ariete del caballero que las había reunido allí. Lástima que necesitase del vino antes de cualquier juego amoroso, pues el paso del tiempo le acabaría pasando factura.
El jaleo de los días de feria
ya se oía a un kilómetro del pueblo,
y un extraño acento en el hablar
de los que halló por el camino.
Un coro de muchachas y una vieja
levantándose las faldas al bailar
y un jovencito de broma peligrosa,
haciendo gala del orgullo local.
De los que dan dinero por la noche
para que nunca termine su canción,
para que sude el músico ambulante
su condición de vagabundo.
Es ya la hora del aperitivo,
y todavía no funciona el tiovivo;
el músico buscó la acera en sombra
y la ventana donde olía a flor.
Tenga esta rosa blanca, señorita,
a cambio de su negro pensamiento.
¿Por qué motivo temblaron sus labios?
¿Vio en sus ojos el fondo de un volcán?
Y mientras tanto corría la sangre
en la plaza, como un vino común,
y las plumas de los gallos
por el aire volaban aún.
Quítese usted de en medio, forastero,
que ya no quedan señoritas en el bar,
ya cantó como el gallo de pasión,
pero esta es mi canción
y el baile va a empezar.
El músico ambulante se agarró del vaso
y sintió que flotaba en la luz artificial,
apuró el trago de madrugada;
un borracho imitaba el canto del gallo.
Se deslizó por una callejuela
antes de que empezase a clarear,
y al pasar por la ventana enrejada
suavecito empezó a silbar.
Pero nadie conocía la tonada,
que era inventada para la ocasión,
y se fue por el camino a contemplar
los desvelos de las últimas sombras.
Y caminando iba pensando que ganar
siempre es tentar a la otra cara de la suerte,
y que por eso te hacen daño los huesos
cuando golpeas fuerte.
Y así se fue chasqueando los dientes
en memoria de algún actor
cuyo nombre se ha perdido
y que hacía de bandido,
y sintió la alegría del olvido,
y al andar descubrió la maravilla
del sonido de sus propios pasos
en la gravilla.



1 Comments:
«Las sábanas rezuman otras vidas y otros cuerpos mientras el amanecer trae nueva jornada de adicción y desvelo...»
BELMAR
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