en canal
Hoy hace un año que había quedado por primera vez con ella. Seis, siete, ocho... Acudí a la cita con un número en la memoria y con un jersey por toda coraza, deseando que ella se decidiese a abrir aquella cremallera que iba desde mi cuello hasta mi cintura. Me había tocado madrugar un poco más de la cuenta, pero estaba muy despierto gracias a un equilibrado cóctel de hormonas que había empezado a fraguarse ya desde que tomé el primer sorbo de café con leche y azúcar: adrenalina, testosterona, endorfina, serotonina... Mi ritmo cardíaco en reposo debía de andar por noventa, y por un momento fui consciente de que todo aquello no era más que una consecuencia de la propia existencia del yin y el yang:
Son casi las seis, como cada mañana,
y la cabeza me da vueltas de campana.
La vida huele a serrín y a sueldo de camarero,
y las demás blasfemias me las dejo en el tintero.
Y desafina un nido de ruiseñores,
pero tú tranquila, ya vendrán tiempos peores.
Y se deshace la coartada de la noche, señor juez,
y lloran las recién casadas condenadas a saber,
y en callejones sin salida se suicida un acordeón.
Y la mecánica del rock&roll del despertador llamando a cumplir la ley,
y yo poniéndome el jersey, con ganas de perder el tren de las seis de la mañana.
¡Ding, dong! Las seis de la mañana.
Otro domingo y otro lunes más que agoniza,
y otro martes y otro miércoles de ceniza,
así que si te cruzas, guapa, por mi camino,
no pises mis zapatos de gamuza azul marino.
Y las ovejas descarriadas, trasquiladas al redil,
y el virus de la madrugada corta como un bisturí,
y en hospitales sin memoria escayolan un corazón
en el quirófano del rock&roll del despertador llamando a cumplir la ley,
y yo quitándome el jersey, sin demasiadas ganas de vivir, a las seis de la mañana.
Malditas seis de la mañana.
Son casi las seis, como cada mañana,
y la cabeza me da vueltas de campana.
La vida huele a serrín y a sueldo de camarero,
y las demás blasfemias me las dejo en el tintero.
Y desafina un nido de ruiseñores,
pero tú tranquila, ya vendrán tiempos peores.
Y se deshace la coartada de la noche, señor juez,
y lloran las recién casadas condenadas a saber,
y en callejones sin salida se suicida un acordeón.
Y la mecánica del rock&roll del despertador llamando a cumplir la ley,
y yo poniéndome el jersey, con ganas de perder el tren de las seis de la mañana.
¡Ding, dong! Las seis de la mañana.
Otro domingo y otro lunes más que agoniza,
y otro martes y otro miércoles de ceniza,
así que si te cruzas, guapa, por mi camino,
no pises mis zapatos de gamuza azul marino.
Y las ovejas descarriadas, trasquiladas al redil,
y el virus de la madrugada corta como un bisturí,
y en hospitales sin memoria escayolan un corazón
en el quirófano del rock&roll del despertador llamando a cumplir la ley,
y yo quitándome el jersey, sin demasiadas ganas de vivir, a las seis de la mañana.
Malditas seis de la mañana.



2 Comments:
por lo que recuerdo, la cremallera te la bajaste tú. La próxima vez no tengas tanta prisa y deja que sea yo quien te la quite y te desvista, a mi ritmo; a cambio, permitiré que me desvistas tú a tu ritmo. Y te propongo un juego (como revancha, ya que el otro día perdiste tú): gana el que más lento desvista al otro, es decir, el que más caliente a quien tiene delante ;)
FDO. yo misma
...el otro día la verdad es que no me esforcé todo lo que hubiera podido esforzarme para intentar ganarte. Pero esa revancha la vas a perder de calle, cielo. Juguemos.
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